Trump y su arancel: el imperio aprieta pero no dirige el rumbo de México
Donald Trump ha vuelto a hacerlo. En su afán de recuperar una grandeza que solo existe en su imaginación, lanzó un nuevo “ukase” —al estilo de los antiguos zares rusos— que sacude los cimientos del comercio internacional: un arancel del 25% a todo automóvil que se venda en Estados Unidos. Con esta medida, el expresidente norteamericano confirma que su estrategia económica se basa en amenazas, improvisación y un desprecio absoluto por sus socios comerciales más antiguos. Esta vez, ni Japón, ni Corea del Sur, ni Canadá, ni Alemania se salvaron del golpe. Pero ¿y México?

Trump aprieta, pero no ahorca. En un despliegue de verborrea jurídica disfrazada de diplomacia, su decreto incluye una cláusula que parece darnos un respiro: los vehículos importados desde México y Canadá, amparados bajo el T-MEC, podrán “certificar” su contenido estadounidense para quedar exentos del arancel… aunque todavía falta que el secretario de Comercio y la Oficina de Aduanas definan cómo se implementará este proceso. Es decir, una vez más, Estados Unidos lanza la amenaza, deja abierta la puerta para negociar y espera que sus vecinos se alineen.
Pero México ya no es el de antes. Bajo el liderazgo del presidente Andrés Manuel López Obrador, y ahora con la doctora Claudia Sheinbaum al frente, el país ha dejado de jugar el papel del socio menor que se limita a obedecer. Hoy México defiende su soberanía económica con firmeza, sin caer en provocaciones ni aceptar condiciones injustas. Atrás quedaron los tiempos en que los gobiernos del PRI y el PAN firmaban tratados entreguistas que debilitaban nuestra industria nacional a cambio de una palmadita en la espalda de Washington.
La Cuarta Transformación ha demostrado que sí es posible negociar con dignidad, poniendo siempre por delante el interés del pueblo. La existencia misma del T-MEC, con sus cláusulas laborales y de contenido regional, es testimonio del cambio profundo que Morena ha impulsado: ya no se trata de exportar a cualquier costo, sino de hacerlo con respeto a nuestros trabajadores y fortaleciendo la cadena productiva interna.
Ahora bien, no podemos bajar la guardia. La ambigüedad del decreto de Trump es peligrosa. Si el secretario de Comercio decide aplicar arbitrariamente el arancel, o si Trump decide volver a su estilo de gobierno por tuit, México deberá responder con serenidad, pero con firmeza. La economía nacional no puede depender de los caprichos de un político que ve el mundo como una partida de ajedrez en la que todos deben obedecer su jugada.
Más preocupante aún es la idea delirante que se cocina en el círculo cercano de Trump: imponer un “arancel al dinero”. Así lo describe Víctor Blanco Moro, analista de El Economista, quien revela que Stephen Miran, jefe del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, quiere imponer impuestos a la compra de bonos del Tesoro y a la adquisición de dólares por parte de otros países. ¿La intención? Debilitar al dólar para hacer más competitiva la industria estadounidense. ¿El resultado? Una posible catástrofe financiera global.
De concretarse esta locura, los productos mexicanos se volverían más caros frente a los estadounidenses, nuestras exportaciones se verían golpeadas y el comercio bilateral se tornaría aún más desigual. Y lo más grave: podría abrir la puerta a un impuesto sobre las remesas de nuestros migrantes, un golpe inaceptable contra millones de familias que dependen de ese ingreso para vivir.
Pero aquí también debemos subrayar la diferencia de fondo entre lo que propone Trump y lo que representa nuestro gobierno. Mientras en Washington se debaten medidas económicas agresivas que buscan someter al mundo por la vía del dólar, en México se ha apostado por una economía solidaria, que pone al ser humano en el centro. Las remesas no son vistas como una herramienta de control, sino como un acto de amor de quienes trabajan fuera por sus familias. Y por ello, el Estado mexicano ha trabajado para fortalecer los derechos de nuestros migrantes y defender sus recursos ante cualquier intento de confiscación extranjera.
En el ámbito tecnológico, la situación es igual de reveladora. El caso de Zhang Yiming, fundador de ByteDance —la empresa matriz de TikTok—, pone en evidencia la hipocresía del supuesto “libre mercado” que tanto pregona Estados Unidos. Hoy Zhang es el hombre más rico de China, con una fortuna de 57 mil 500 millones de dólares, pero eso no impide que las autoridades estadounidenses quieran obligarlo a vender su empresa a capitales locales. ¿El argumento? Seguridad nacional. ¿La realidad? Codicia imperialista.
El propio Trump ha dicho estar dispuesto a hacer concesiones a China con tal de apropiarse de TikTok. El discurso proteccionista, una vez más, se convierte en excusa para una apropiación forzada. Si el presidente Mao viviera, seguramente se revolvería en su tumba al ver cómo su país ha devenido en una superpotencia capitalista, mientras Estados Unidos, su viejo enemigo, se convierte en el policía global del comercio digital.
Este panorama internacional, lleno de incertidumbres y tensiones, nos obliga a mirar hacia adentro. En México, la transformación avanza, pero también enfrenta desafíos. Un ciudadano, Marcos Celis Vázquez, nos recuerda en una carta dirigida a la presidenta Claudia Sheinbaum que las visitas médicas prometidas a adultos mayores y personas con discapacidad aún no se han concretado. El reclamo es válido y debe ser atendido con prontitud.
La doctora Sheinbaum, científica y comprometida con las causas sociales, ha demostrado sensibilidad y capacidad para corregir rumbos cuando es necesario. A diferencia de los políticos tradicionales, que despreciaban al pueblo y gobernaban desde la opacidad, el nuevo gobierno escucha y actúa. Este tipo de señalamientos ciudadanos no son ataques, sino brújulas que nos ayudan a no perder el rumbo de la justicia social. La salud, como ha dicho el presidente López Obrador, no es un privilegio, sino un derecho. Y ese principio guía cada política pública de esta nueva etapa.
Por último, en las redes sociales se expresa un sentir profundo: “Cuauhtémoc Blanco es culpable y está libre. No porque sea inocente, sino porque tiene poder”. Esta frase encierra una verdad dolorosa: el viejo régimen sigue resistiéndose a morir. La corrupción, la impunidad y el cinismo no desaparecen de la noche a la mañana. El sistema neoliberal, construido durante décadas por el PRI, el PAN y sus cómplices, sigue intentando operar bajo las sombras. Pero ya no tiene la misma fuerza. Hoy la justicia no se negocia. Hoy la ciudadanía está más despierta.
Y ahí radica la diferencia. La Cuarta Transformación no promete milagros ni soluciones inmediatas, pero sí ha iniciado un cambio estructural que ya no tiene marcha atrás. Mientras Trump juega con el comercio mundial, mientras Estados Unidos se hunde en su propio caos proteccionista, México avanza con pasos firmes hacia un modelo más justo, más solidario, más humano. Uno en el que el poder ya no protege a los de siempre, y en el que las decisiones económicas se toman pensando en el bienestar del pueblo, no en los caprichos del capital.
La batalla por el futuro no se libra solo en las aduanas ni en los mercados. Se libra, sobre todo, en las conciencias. Y ahí, México ya comenzó a ganar.