Trump y la migración: amenazas vacías, realidad ineficaz

Donald Trump ha vuelto a la Casa Blanca con su acostumbrado estruendo mediático, prometiendo una vez más la cacería masiva de inmigrantes indocumentados. Sin embargo, como en su primer mandato, su retórica incendiaria se topa con una realidad que la contradice. Durante su primer mes en el cargo, las cifras muestran que las deportaciones bajo su administración han sido considerablemente menores a las que se ejecutaron durante el último año completo del gobierno de Joe Biden. De acuerdo con datos del Departamento de Seguridad Nacional, en su primer mes, Trump ha deportado a 37,660 personas, mientras que en la última etapa de Biden, la media mensual era de 57,000. Es decir, pese a su tono beligerante, Trump está expulsando menos inmigrantes de lo que hizo su predecesor.

Esta tendencia confirma lo que muchos han señalado desde hace años: la estrategia de Trump no es más que un espectáculo político. Su discurso antiinmigrante tiene una clara finalidad electoral, pues le ha servido para ganar apoyo entre sectores conservadores que buscan un chivo expiatorio para los problemas económicos y sociales de Estados Unidos. Sin embargo, la realidad operativa de su gobierno demuestra que su capacidad para llevar a cabo esas políticas está lejos de la grandilocuencia de sus palabras.

El Mito de las Deportaciones Masivas

Trump hizo campaña prometiendo la mayor operación de deportaciones en la historia de Estados Unidos, una idea que resonó entre sus seguidores, pero que no está respaldada por los hechos. Si bien su administración ha endurecido la retórica y promovido un ambiente de persecución contra los inmigrantes, las cifras iniciales sugieren que no tiene los mecanismos para igualar ni siquiera el ritmo de deportaciones que tuvo Biden en su último año de gobierno.

Esto se debe a varios factores. Primero, la burocracia migratoria estadounidense no puede procesar de inmediato la cantidad de detenciones que Trump quisiera. Segundo, muchas ciudades y estados han reforzado sus políticas de “santuario”, dificultando la colaboración con las autoridades federales en la persecución de inmigrantes. Y tercero, la propia economía de Estados Unidos sigue dependiendo en gran medida de la mano de obra inmigrante, lo que genera resistencia incluso entre empresarios republicanos que, aunque apoyan la retórica de Trump, saben que su modelo de negocio colapsaría sin trabajadores indocumentados.

La Opinión Pública: Un País Dividido

El Pew Research Center (PRC) ha documentado cómo la sociedad estadounidense se encuentra profundamente dividida en torno a las políticas migratorias de Trump. Según su más reciente encuesta, un 47% de los estadounidenses cree que su administración está realizando la cantidad adecuada de deportaciones, mientras que un 44% considera que está haciendo demasiado. Apenas un 8% opina que está actuando con demasiada tibieza.

Lo más revelador de este estudio es la enorme brecha partidista: el 74% de los republicanos y simpatizantes de ese partido creen que Trump está haciendo lo correcto en materia de deportaciones, mientras que el 73% de los demócratas considera que está yendo demasiado lejos. Esta polarización deja claro que la postura antiinmigrante de Trump es más un instrumento de movilización electoral que una estrategia gubernamental efectiva.

Otro dato interesante es que el respaldo a la política migratoria de Trump varía entre los distintos grupos raciales. Los adultos blancos son los más propensos a apoyarla, mientras que los afroamericanos y los latinos son los que más la rechazan. A pesar de ello, hay un sector de latinos que, paradójicamente, sigue respaldando a Trump, a pesar de ser los más afectados por sus medidas. Este fenómeno ha sido explicado por factores como la desinformación, el conservadurismo religioso y el miedo al cambio que algunos migrantes experimentan tras haberse establecido en Estados Unidos.

La Hipocresía Republicana y la Realidad Económica

Más allá de la propaganda, la realidad es que la economía de Estados Unidos depende en gran medida de los trabajadores migrantes, muchos de los cuales son indocumentados. Sectores como la agricultura, la construcción y el servicio doméstico dependen de esta mano de obra, y los empresarios lo saben. Es por eso que, aunque Trump y los republicanos exigen deportaciones masivas, no han propuesto una solución viable para sustituir a estos trabajadores.

Al mismo tiempo, el gobierno de Estados Unidos es incapaz de frenar el flujo migratorio de manera efectiva. Las causas que impulsan la migración, como la pobreza y la violencia en América Latina, siguen presentes y, en muchos casos, han sido exacerbadas por las propias políticas estadounidenses. Mientras la demanda de trabajadores persista y las condiciones en los países de origen no mejoren, la migración seguirá siendo una constante, sin importar cuántas amenazas lance Trump desde su tribuna.

Sheinbaum y la Soberanía de México

Ante este contexto, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha dejado en claro que no permitirá que las políticas estadounidenses se conviertan en una excusa para la intervención en nuestro país. En relación con el reciente debate sobre la designación de los cárteles de la droga como organizaciones terroristas, Sheinbaum ha sido contundente: Estados Unidos debe asumir su responsabilidad en el problema del narcotráfico. Porque, como bien señala, en Estados Unidos, ¿quién distribuye la droga? ¿Quién la vende?

La criminalización de los inmigrantes y el enfoque punitivo en la frontera son cortinas de humo que buscan desviar la atención de los problemas internos de Estados Unidos. Mientras el consumo de drogas siga en niveles históricos y las armas estadounidenses sigan llegando a manos de grupos criminales en México, cualquier intento de culpar exclusivamente a nuestro país será, en el mejor de los casos, hipócrita.

Conclusión

La política migratoria de Donald Trump es, una vez más, un gran engaño. Su retórica beligerante no se traduce en acciones efectivas y sus propias cifras lo delatan. Su verdadero objetivo no es resolver el fenómeno migratorio, sino utilizarlo como un arma política para movilizar a su base. Sin embargo, la realidad se impone: Estados Unidos necesita a los inmigrantes más de lo que Trump está dispuesto a admitir.

Mientras tanto, México debe mantenerse firme en la defensa de su soberanía. Como ha dicho la presidenta Sheinbaum, no se permitirá que el discurso de seguridad de Estados Unidos se convierta en una excusa para intervenir en nuestro país. La solución a los problemas compartidos entre ambas naciones no pasa por las amenazas de un político que ha hecho del odio su bandera, sino por el diálogo y la cooperación basada en el respeto mutuo.