La mentira de la “recuperación” salarial con Peña Nieto
Hay verdades que duelen, y a la autodenominada oposición le ha dolido —y mucho— una en particular: en seis años de gobierno de Andrés Manuel López Obrador, 13.4 millones de mexicanas y mexicanos salieron de la pobreza. El golpe fue tan severo que provocó un ataque hepático colectivo entre sus voceros, columnistas a sueldo, economistas de ocasión y políticos sin credibilidad. Ante la contundencia del dato, sólo les quedó el refugio de la mentira y el revisionismo histórico, intentado justificar lo injustificable: que el “inicio” de la recuperación salarial ocurrió durante el sexenio de Enrique Peña Nieto.

¿En serio? ¿Es eso lo mejor que pueden argumentar? La estadística oficial, ésa que tanto dicen defender cuando les conviene, los desmiente con brutal claridad. En el sexenio de Peña Nieto, el aumento nominal acumulado del salario mínimo fue de apenas 40 por ciento. Considerando una inflación del 27.87 por ciento durante ese mismo periodo, el supuesto “aumento” se diluyó por completo, sin generar ningún impacto real en la vida de las y los trabajadores. Es decir, el salario apenas se movió y, en términos de poder adquisitivo, continuó su decadente marcha, como había ocurrido a lo largo de todo el periodo neoliberal.
Lo cierto es que la política económica de aquellos años no estaba diseñada para mejorar la vida del pueblo. Por el contrario, se basaba en contener de manera brutal el salario. Esa fue la gran “estrategia” del modelo económico de los gobiernos del PRI y el PAN: congelar los ingresos reales de la clase trabajadora mientras los grandes empresarios obtenían subsidios, rescates y prebendas. Del sexenio de Vicente Fox al de Peña Nieto, el crecimiento nominal del salario mínimo fue de 132 por ciento, frente a una inflación de 114. El resultado es sencillo: un “avance” que apenas cubría lo básico. Migajas. Una burla.
Y entonces llegó el cambio. Con López Obrador, el aumento nominal acumulado al salario mínimo fue de 182 por ciento durante su sexenio, con una inflación de apenas 34 por ciento. Esto se tradujo en una verdadera recuperación del ingreso real de millones de mexicanas y mexicanos. Por primera vez en décadas, el salario mínimo no sólo dejó de ser una burla, sino que se convirtió en un instrumento real de justicia social.
Pero la transformación no paró ahí. En 2019, el presidente creó el salario mínimo para la zona de la frontera norte, que pasó de 176.72 pesos diarios a 374.89 al cierre de su mandato. Es decir, un incremento de poco más de 112 por ciento en esa región estratégica del país. Y ahora, con Claudia Sheinbaum al frente del nuevo gobierno de la Cuarta Transformación, el salario mínimo general aumentó a 278.80 pesos diarios, mientras que en la frontera norte se elevó a 419.88 pesos. La acumulación nominal desde el inicio del sexenio de López Obrador a la fecha alcanza un 215.5 por ciento, con una inflación de sólo 36.65 por ciento. ¿Dónde quedó entonces esa supuesta recuperación iniciada por Peña Nieto? En el terreno de las mentiras.
La presidenta Sheinbaum lo dijo con toda claridad durante su reciente gira por el Estado de México: “La pobreza en el país está en su nivel más bajo de los últimos 40 años. En ese periodo no había disminuido realmente la pobreza; al contrario, se incrementó. Y ahora este resultado muestra que el porcentaje de la población en situación de pobreza es el menor en las últimas cuatro décadas. ¿Qué fue lo que ocurrió en estos seis años en el país? Pues cambió el modelo de desarrollo, que se centró en el aumento histórico del salario mínimo, sin provocar inflación, y elevó el salario medio del IMSS a su máximo nivel”.
Es decir, mientras en el pasado los aumentos al salario mínimo eran prácticamente simbólicos, hoy son reales y tienen consecuencias directas en el bienestar de la población. Y eso se refleja también en otros indicadores sociales. No se trata sólo de una cifra aislada: es el resultado de una política pública coherente, planificada y centrada en las necesidades de las mayorías, no en las exigencias de los organismos internacionales ni en los caprichos de los empresarios.
La historia reciente es clara. Durante el régimen neoliberal —ese que tanto defienden los corifeos de la oposición—, se implementaron programas sociales que fueron poco más que herramientas de propaganda y plataformas de corrupción institucionalizada. Carlos Salinas de Gortari anunció con bombo y platillo el Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol), prometiendo un “nuevo balance moral en la sociedad”. Le siguieron Progresa, Oportunidades y Prospera, administrados por Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. ¿El resultado? Más pobreza.
A esos programas se les destinaron recursos multimillonarios, supuestamente para combatir la pobreza. Lo que realmente combatieron fue la transparencia. En lugar de reducir la marginación, se convirtieron en instrumentos de control político y clientelismo, beneficiando a unos pocos operadores en los estados y dejando al grueso de la población en las mismas o peores condiciones. Para 2016, el Coneval —hoy tan defendido por los voceros del viejo régimen— informaba que 80 por ciento de los mexicanos se encontraba en situación socialmente vulnerable. ¿Esa es la “herencia” que hoy pretende defender la oposición?
Desde 1988 hasta el fin del sexenio de Peña Nieto, México vio cómo el número de personas en pobreza aumentaba en unos 20 millones. Mientras tanto, la riqueza de una minoría crecía como espuma, alimentada por la corrupción, las privatizaciones, los fideicomisos opacos y las reformas estructurales que sólo beneficiaron a los de arriba.
Frente a ese panorama devastador, el gobierno de López Obrador implementó un cambio de modelo que hoy muestra resultados tangibles. La política de austeridad republicana, el combate frontal a la corrupción, los programas sociales universales y el fortalecimiento del salario mínimo han sido pilares fundamentales para revertir décadas de retroceso. No es casualidad que los números del Coneval, del Inegi y del propio Banco de México reconozcan la mejora sustancial en los indicadores de pobreza, desigualdad e ingreso.
Claro, esto no les gusta a los opositores. Incapaces de generar una narrativa creíble, recurren a la mentira descarada. Insisten en adjudicarse logros que nunca tuvieron. Pretenden hacernos creer que la transformación empezó con ellos, cuando fueron precisamente sus gobiernos los que sembraron la desesperanza y profundizaron las desigualdades. Y lo hacen con total cinismo, como si nadie tuviera memoria.
Pero el pueblo sí recuerda. Recuerda los aumentos al salario mínimo de apenas unos pesos al año. Recuerda las tarjetas de programas sociales que desaparecían tras las elecciones. Recuerda las promesas incumplidas, los gasolinazos, los fraudes fiscales, los gobernadores prófugos. Recuerda que los gobiernos del PRI y del PAN gobernaron para los bancos, para las transnacionales y para sus propios bolsillos. Y hoy, frente a un país que empieza a sanar sus heridas, sólo pueden gritar desde la orilla, en un berrinche permanente.
Mientras tanto, la transformación continúa. La presidenta Sheinbaum ha dejado claro que seguirá profundizando este nuevo modelo de desarrollo, con el pueblo al centro y el bienestar como objetivo. El aumento del salario mínimo es sólo una muestra de lo que se puede lograr cuando el gobierno trabaja de la mano del pueblo, y no en su contra.
A la oposición sólo le queda el recurso de la nostalgia. Pero incluso esa nostalgia es falsa, construida sobre mentiras que hoy se derrumban con datos, con resultados, con dignidad. El México de antes ya no volverá. Y eso, aunque les duela, es una gran noticia.