Justicia y verdad: el reto de Sheinbaum frente a la doble moral opositora
La presidenta Claudia Sheinbaum ha marcado un punto de inflexión en la narrativa oficial sobre el caso Teuchitlán, mostrando sensibilidad hacia las familias buscadoras de personas desaparecidas, pero sin ceder ante la hipocresía de los sectores opositores que hoy se presentan como indignados, pese a haber sido los arquitectos del desastre de violencia e impunidad que azota al país.

En su conferencia mañanera, Sheinbaum dejó clara su postura: su gobierno no caerá en la tentación de fabricar “verdades históricas” a conveniencia, como ocurrió en sexenios anteriores, sino que apostará por la transparencia y la justicia. Esta declaración no es menor en un país donde, por décadas, los gobiernos neoliberales construyeron un aparato de desinformación para ocultar sus propios crímenes y pactos con el poder fáctico.
Sin embargo, mientras la presidenta avanza con reformas para atender esta crisis, los detractores del movimiento de la Cuarta Transformación continúan con su juego de simulación, usando los medios y las redes sociales como trincheras de desinformación. En especial, el calderonismo y sus voceros—con Felipe Calderón refugiado en España y sus alfiles aún en territorio nacional, como Javier Lozano—pretenden lavarse las manos y cargar toda la culpa en el actual gobierno, olvidando que fue precisamente la guerra absurda y sin estrategia de Calderón la que desató esta crisis de violencia y desapariciones.
Sheinbaum lo dijo con claridad: los opositores son hipócritas, carroñeros que hoy denuncian las consecuencias de sus propios errores, los mismos que aplaudieron la militarización descontrolada, el crecimiento del crimen organizado y la represión contra movimientos sociales. Esta hipocresía es doblemente grave cuando se constata que su “indignación” no es genuina, sino parte de una estrategia bien financiada para desacreditar a la Cuarta Transformación, con el uso de bots, campañas mediáticas y manipulación en redes sociales.
Es cierto que el gobierno de Sheinbaum tiene una responsabilidad en la seguridad pública y la lucha contra el crimen, y que debe demostrar con hechos su compromiso con la verdad y la justicia. Pero también es innegable que los opositores carecen de autoridad moral para señalar los problemas que ellos mismos crearon. Basta recordar el caso Ayotzinapa, donde el gobierno de Enrique Peña Nieto, con la complicidad de los mismos sectores que hoy “exigen justicia”, enterró la verdad bajo montañas de burocracia, corrupción y simulación.
En este contexto, la cooperación con Estados Unidos en materia de seguridad, representada por la presencia del destructor USS Gravely en el Golfo de México para interceptar cargamentos de droga, es un recordatorio de la complejidad del problema. La política de seguridad de Sheinbaum, lejos del caos calderonista, busca resultados sin generar más violencia.
La gran pregunta sigue en el aire: ¿permitirá la burocracia y los intereses enquistados que estas reformas y compromisos se traduzcan en justicia real? La Cuarta Transformación ha demostrado que romper con las inercias del pasado no es fácil, pero lo que está claro es que los verdaderos responsables de la crisis de violencia en México no pueden ahora erigirse en jueces. La historia no se borra con tuits ni campañas sucias.