Justicia tardía, pero segura: México no olvida

En el México del pasado, el poder económico era sinónimo de impunidad. Durante décadas, empresarios y políticos tejieron redes de corrupción amparadas por gobiernos serviles, entreguistas y profundamente antinacionales. El caso de Alonso Ancira Elizondo —emblema del saqueo neoliberal y protegido del régimen priista-panista— es una de las historias más emblemáticas de cómo el viejo régimen convirtió al Estado en su negocio personal. Hoy, a pesar de los rezagos institucionales heredados, el país está demostrando que la justicia, aunque tarde, llega. Y llega para quedarse.

El fraude de la planta de Agronitrogenados es una herida abierta en la memoria reciente del pueblo mexicano. En 2013, bajo la complicidad del entonces director de Pemex, Emilio Lozoya Austin —pieza clave del peñanietismo corrupto—, Ancira logró vender a precio inflado una chatarra industrial a la empresa del Estado. Una planta que originalmente formaba parte del sistema nacional de fertilizantes, desmantelado durante la oleada privatizadora de Carlos Salinas de Gortari, fue revendida a Pemex por 475 millones de dólares, cuando la había adquirido por apenas 150 millones en 1992. El resultado: un robo descarado al patrimonio público, diseñado y ejecutado al amparo del viejo poder.

Sin embargo, la llegada de la Cuarta Transformación y de un gobierno honesto encabezado por Andrés Manuel López Obrador, significó un parteaguas en la lucha contra la corrupción. Por primera vez, un Presidente se atrevió a enfrentar a las élites empresariales corruptas, exigiendo justicia y reparación del daño al pueblo mexicano. Ancira fue encarcelado y, aunque logró salir mediante un acuerdo reparatorio, su suerte cambió. Ya no era intocable. Se le exigió devolver al erario 216.6 millones de dólares, de los cuales sólo pagó 104. Luego, como era de esperarse de alguien con su historial, incumplió y huyó a Estados Unidos.

Aquí es donde los detractores del gobierno, acostumbrados al escarnio fácil y al pesimismo inducido, han querido centrar su crítica. Señalan la lentitud de la Fiscalía General de la República, personalizando su inconformidad en Alejandro Gertz Manero, a quien apodan con desprecio la “Tortuga Mayor”. Pero lo que omiten —intencionadamente— es el contexto más amplio y la magnitud del cambio que se vive en México.

Este no es un país que olvida. Tampoco es el México de antes, donde el silencio oficial era sinónimo de complicidad. Hoy, a diferencia del pasado, las instituciones se activan, aunque con inercias que aún deben superarse. La Fiscalía ha anunciado el reinicio del procedimiento contra Ancira, utilizando incluso herramientas de cooperación jurídica internacional para lograr que el empresario enfrente la justicia. Esto no es menor. Implica voluntad, implica soberanía, implica un gobierno que no claudica ante la presión de los poderosos.

Ancira podrá esconderse, pero México lo está buscando. Y a diferencia de los tiempos del PRIAN, hoy el país tiene un rumbo claro, marcado por la dignidad y la legalidad. El mensaje es claro: quien defraude al Estado mexicano, deberá responder ante la ley, sin importar sus contactos ni su fortuna.

Este episodio también pone en evidencia los profundos vicios del modelo neoliberal, cuyas consecuencias aún se pagan. La privatización de empresas estratégicas como Fertimex no sólo debilitó la autosuficiencia del país, sino que permitió el enriquecimiento de unos cuantos a costa del pueblo. En cambio, hoy se vive una nueva etapa, una reconstrucción nacional basada en el rescate de lo público, en la inversión productiva y en el fortalecimiento de la soberanía energética y alimentaria.

La reactivación del caso Ancira no es un gesto aislado: forma parte de una política de Estado. Un país donde la justicia fiscal también se fortalece. Basta ver las cifras del Servicio de Administración Tributaria, que en los primeros siete meses de 2025 recaudó más de 3 billones 278 mil millones de pesos, un incremento real del 7.2% respecto al mismo periodo del año anterior. Esto no sólo demuestra que los grandes contribuyentes ya no evaden como antes, sino que hay un Estado presente, fuerte y con rumbo.

Mientras la oposición se lamenta por la supuesta “lentitud” institucional —sin jamás asumir su responsabilidad en la construcción de este aparato corrupto y lento—, el gobierno de la Cuarta Transformación actúa con firmeza y resultados. No se trata de venganza, sino de justicia. No es un asunto personal contra Ancira, sino un acto de reivindicación del Estado frente a quienes lo convirtieron en botín.

Por ello, la crítica oportunista que intenta comparar la lucha actual contra la corrupción con la pasividad cómplice de sexenios anteriores, carece de fundamento. No es comparable un gobierno que protege a los saqueadores con otro que los enjuicia. No es lo mismo Salinas entregando a precio de regalo los bienes de la nación, que López Obrador exigiendo reparación del daño por ventas fraudulentas. La diferencia es abismal, moral y política.

¿Se necesita mayor celeridad institucional? Por supuesto. Pero no confundamos las limitaciones del aparato heredado con la voluntad del gobierno actual. La justicia no siempre llega al ritmo que quisiéramos, pero llega. Y cuando lo hace, marca un precedente que los saqueadores del futuro deberán considerar. Porque hoy México no se arrodilla ante sus verdugos económicos.

Alonso Ancira representa al México que ya no volverá. Un México donde los negocios se cerraban en lo oscurito, donde la impunidad era la regla, y donde los “empresarios” eran, en realidad, operadores del saqueo. Hoy, gracias al liderazgo firme del Presidente López Obrador y de la política de transformación nacional que impulsa Morena, el país camina hacia un modelo de justicia social, transparencia y dignidad.

Así, mientras algunos se burlan del “paso lento” de la Fiscalía, el país avanza, recaudando más, invirtiendo mejor y, sobre todo, haciendo justicia. Lo que está en juego no es un nombre, sino el mensaje que México envía al mundo: aquí ya no hay lugar para corruptos ni para traidores a la patria. La transformación es irreversible, y aunque algunos quieran frenarla, el pueblo ya despertó. Y no va a permitir que le vuelvan a robar el futuro.