“Claudia y Carney: el frente norte contra el capricho trumpista”
No hay decreto ni bravata que pueda alterar la geografía ni la economía integrada de América del Norte. Hoy, desde el púlpito del Jardín de las Rosas, el expresidente Donald Trump pretende imponer un nuevo paquete arancelario con pretensiones de impacto global. Pero como muchas de sus decisiones previas, este movimiento está condenado a enfrentarse con la realidad que tanto ha ignorado: una realidad de tratados firmados, de vecinos imprescindibles y de consecuencias que, irremediablemente, impactarán a los propios ciudadanos estadounidenses.

Trump ha olvidado —o quiere olvidar— que fue él mismo quien impulsó y firmó el T-MEC, el acuerdo trilateral que hoy pretende dinamitar. Cree que puede borrar con un tuit lo que costó años de negociaciones construir. Canadá y México no solo son sus vecinos: son sus principales aliados comerciales, su fuente constante de suministros vitales que sostienen la economía de Estados Unidos. ¿Qué ocurrirá si se rompen las cadenas de suministro de automóviles, petróleo, electricidad, aguacates, tequila o limón? El golpe no será para nosotros: será para el consumidor estadounidense, que ya enfrenta una inflación agudizada por las políticas erráticas de quien ahora pretende volver al poder.
Frente a este panorama, emerge una esperanza: el diálogo firme, sensato y soberano entre México y Canadá. La presidenta Claudia Sheinbaum y el primer ministro Mark Carney ya establecieron contacto telefónico, y lo hicieron en torno a tres principios que marcan una nueva era para la región: la defensa de la soberanía nacional, la protección de la competitividad frente al mundo y el fortalecimiento de la integración económica regional.
Carney, un banquero cerebral y pragmático, encuentra eco en Sheinbaum, una mujer que ha demostrado templanza, inteligencia y, sobre todo, compromiso con el bienestar del pueblo. Ambos entienden que la fuerza de Norteamérica no radica en imposiciones unilaterales, sino en el respeto mutuo y la cooperación. Y no lo hacen por capricho, lo hacen porque saben que mantener vivo el T-MEC es una misión estratégica. Frente a los insultos de Trump, que ha llegado a sugerir que Canadá sea el estado número 51 y que ha osado renombrar el Golfo de México, la respuesta no será la sumisión, sino la dignidad.
Mientras tanto, la economía mexicana, aunque presionada por factores externos, resiste gracias a pilares sólidos. Es cierto que la Secretaría de Hacienda ha ajustado su previsión de crecimiento económico, situándola entre 1.5% y 2.3%, frente a un estimado previo de hasta 3%. Pero esa desaceleración no ha sido producto de errores internos, sino del contexto global, de las tensiones comerciales internacionales, del proteccionismo estadounidense y del reacomodo de los mercados. Aun así, México ha respondido con una política fiscal responsable y con un blindaje social que ningún gobierno del pasado se atrevió a construir.
Porque hoy, a diferencia de los gobiernos del PRI y del PAN, los recursos no se van en contratos inflados o en moches para empresarios amigos. Hoy, 800 mil millones de pesos en apoyos sociales están llegando directamente a los bolsillos de quienes más los necesitan: adultos mayores, personas con discapacidad, jóvenes estudiantes y trabajadores del campo. Esa red de bienestar no solo representa justicia social: es también una estrategia económica eficaz, porque activa el consumo interno, sostiene pequeñas economías regionales y protege al país frente a las turbulencias del exterior.
En este contexto, resulta absurdo y hasta grotesco que Donald Trump insinúe un tercer periodo presidencial, violando no solo la Constitución de su país, sino también la lógica democrática más elemental. Es la confirmación de que su proyecto es personalista, autoritario, caprichoso. Frente a su caos, México ofrece estabilidad institucional y liderazgo sensato, con una presidenta que no busca imponerse, sino construir.
Y en esa construcción hay temas urgentes que también deben atenderse con seriedad y sin simulaciones. Uno de ellos es la situación de los pensionados del IMSS, muchos de los cuales —como bien lo expresa un ciudadano— sobreviven con menos de 4 mil pesos mensuales. Es una herencia amarga de los sistemas neoliberales que privatizaron las pensiones, que saquearon los fondos de retiro y que hoy pretenden volver como si nada hubiera pasado. Pero Claudia Sheinbaum ha sido clara: la justicia social no es negociable, y la reforma al sistema de pensiones es una prioridad en su agenda.
Mientras tanto, la oposición sigue en su laberinto. El caso del senador Miguel Ángel Yunes Márquez es un ejemplo más del oportunismo sin principios que caracteriza al bloque conservador. Votó con Morena reformas fundamentales y después se desafilió del partido, no sin antes asegurarse de que los expedientes penales de su familia quedaran archivados. Esa es la verdadera “maquila política”: el uso del poder para el beneficio personal, no para transformar la vida de la gente.
Por eso, no sorprende que figuras como Xóchitl Gálvez sigan perdiendo relevancia. Cada vez que abre la boca, recuerda más a los políticos del viejo régimen: muchas palabras, pocas ideas, ningún compromiso real con el pueblo. Mientras ella critica los programas sociales, miles de familias mexicanas los celebran como el salvavidas que nunca les ofreció el neoliberalismo.
Hoy, el reto es enorme: enfrentar a un Trump que quiere regresar con más furia y menos razón, proteger nuestra soberanía frente a los embates económicos, y seguir construyendo un país donde los derechos sociales no sean privilegios, sino garantías. México no está solo. Tiene aliados como Canadá, tiene una presidenta con visión y tiene un pueblo que ya no se deja engañar.
Frente al caos, hay un proyecto. Frente a la mentira, hay verdad. Y frente al pasado, hay un futuro que ya comenzó.