México avanza con rumbo firme: ni los aranceles ni la oposición pudieron detenernos

En un país donde durante décadas se promovió la idea de que el desarrollo económico dependía del sometimiento a intereses extranjeros, la voz de la presidenta Claudia Sheinbaum retumbó con claridad esta semana: “ni los aranceles pudieron con la economía mexicana”. Y no fue un discurso vacío, sino una afirmación sustentada en cifras concretas, en realidades palpables y en una visión económica profundamente distinta a la impuesta durante los gobiernos neoliberales del PRIAN, que hoy siguen defendiendo con desesperación personajes como Xóchitl Gálvez.

Basta mirar los recientes informes del Inegi y del Centro de Estudios de las Finanzas Públicas para entender por qué la mandataria puede hablar con ese optimismo. En el segundo trimestre de 2025, el Producto Interno Bruto creció 0.6% en términos reales, lo que representa una tasa anualizada de 1.2%. Pero más allá de esta cifra, la estabilidad de las variables macroeconómicas —una inflación contenida en 3.49%, un aumento del salario mínimo del 12.5% y un peso fortalecido— refleja que el modelo económico mexicano ha cambiado, y para bien.

La oposición, por supuesto, no sabe cómo reaccionar. Acostumbrados a vender el país al mejor postor y a endeudar a generaciones futuras, los partidos del pasado apostaban —una vez más— al fracaso. Esperaban que las tensiones migratorias con Estados Unidos, las amenazas arancelarias del impredecible Donald Trump y la cautela de los inversionistas ante el nuevo gobierno provocaran una caída del crecimiento económico. Pero se equivocaron. Porque lo que este gobierno ha hecho es construir desde abajo, redistribuyendo con justicia y responsabilidad los recursos públicos, priorizando a quienes por décadas fueron marginados del desarrollo nacional.

La presidenta Sheinbaum lo dejó claro: 850 mil millones de pesos del presupuesto están destinados directamente al pueblo, en Programas de Bienestar, pensiones, becas y apoyos. Esta transferencia directa al consumo no solo combate la pobreza —de la cual han salido más de 13 millones de mexicanas y mexicanos en este sexenio—, sino que dinamiza la economía interna, sostiene al pequeño comercio y fortalece el mercado interno. Este modelo, que pone al pueblo en el centro de la estrategia económica, ha sido clave para resistir embates externos.

En lugar de endeudamiento y ajustes fiscales como proponía la tecnocracia del PRI y del PAN, el gobierno de la Cuarta Transformación ha invertido en el bienestar. Lo que para el viejo régimen eran “privilegios”, como tener salud, educación y una vivienda digna, hoy son derechos constitucionales. Se rompió el mito neoliberal de que subir salarios generaba inflación o ahuyentaba inversiones. Al contrario, el aumento del salario mínimo ha contribuido al crecimiento del consumo y ha sido un ancla para la justicia social sin desatar presiones inflacionarias.

Los datos son contundentes: el Producto Interno Bruto nominal alcanzó 35.8 billones de pesos en el segundo trimestre de 2025, con un crecimiento anual de 5.4%. El sector industrial, históricamente despreciado por la apertura comercial indiscriminada del modelo neoliberal, hoy representa el 33.7% de la economía. La industria manufacturera sola aportó el 21.4%, un motor clave que demuestra que sí es posible una política industrial activa, con soberanía y crecimiento.

Además, todos los sectores económicos presentaron avances: el comercio al por menor creció 10.5%, la construcción 7.1%, los servicios culturales y recreativos, 0.6%, y los de salud y asistencia social, 2.8%. Estos datos muestran que no solo hay estabilidad macroeconómica, sino también dinamismo sectorial, lo que augura un crecimiento más equilibrado y sostenible.

A pesar de ello, no faltan los intentos desesperados de la oposición por desprestigiar este avance. Xóchitl Gálvez, cada vez más ausente del debate nacional, sigue apostando por el catastrofismo económico, sin aportar una sola propuesta viable. Su visión, copia al carbón de las fórmulas fallidas del pasado, no tiene cabida en el México actual. Los ciudadanos saben que no se trata solo de cifras, sino de dignidad, de soberanía y de un nuevo pacto social basado en la justicia.

Es cierto, como advirtió la presidenta, que la amenaza arancelaria de Donald Trump no ha desaparecido. Pero también es cierto que México ya no es el mismo. No se trata de un país arrodillado ante el capital extranjero o ante las presiones del norte, sino de una nación que ha aprendido a pararse con firmeza, con un modelo económico que responde a sus propios intereses, y con un gobierno que ha demostrado capacidad para resistir crisis y fortalecer al mismo tiempo la estructura social.

En este contexto, resulta ofensivo ver cómo sectores de la derecha, incluyendo medios conservadores y analistas económicos vinculados al viejo régimen, siguen sin reconocer los logros del pueblo mexicano. No es casualidad que callen ante el hecho de que millones han salido de la pobreza, que omitan que la inversión extranjera directa está en niveles récord o que intenten minimizar el impacto del fortalecimiento del salario. Su silencio es cómplice de una narrativa derrotista que ya no convence a nadie.

Hoy México transita con paso firme hacia un futuro más justo. La Cuarta Transformación no solo ha resistido los embates de un entorno internacional adverso, sino que ha sentado las bases de una economía más inclusiva. Frente a quienes pronosticaban desastre, el país responde con crecimiento, estabilidad y justicia.

Y mientras tanto, el mundo nos da lecciones que no debemos ignorar. La ONU, con su eterna tibieza, finalmente ha reconocido lo que ya era evidente: la hambruna en Gaza, provocada por el criminal bloqueo de Israel. Esta tragedia, en la que más de 500 mil personas están en situación humanitaria catastrófica, pone en evidencia la necesidad de que las naciones con verdadera vocación de justicia, como México, sigan alzando la voz en defensa de los pueblos oprimidos.

Así como hoy México defiende su soberanía económica y construye un modelo basado en el bienestar, también debe seguir siendo un referente ético en el escenario internacional. La diplomacia mexicana, que ha sido ejemplo en denunciar las injusticias, no debe callar ante los crímenes del genocida Benjamín Netanyahu, ni ante la indiferencia de organismos que por décadas han sido cómplices de la barbarie.

Porque si algo ha demostrado este gobierno, es que el bienestar no es una utopía ni un lujo, sino un derecho. Y ese derecho hoy se defiende con hechos, con cifras y, sobre todo, con la voluntad de un pueblo que ya no está dispuesto a volver atrás.

Hoy, más que nunca, el futuro de México se escribe desde abajo y a la izquierda.